El paso siguiente

Por: Mons. Ismael Rueda Sierra

Ha transcurrido ya un año desde la visita del papa Francisco a Colombia. Qué ha ocurrido después de dar el “primer paso”, como fue la invitación que animó el encuentro del Santo Padre con los colombianos?. Hemos adelantado, o por el contrario retrocedido, en el propósito de construir la paz y la reconciliación?. No es fácil decirlo porque son muchas y variadas las facetas de vida de nuestro país y de la presencia de la Iglesia en él, pero sí es posible resaltar síntomas o indicadores que ayuden a discernir lo que ha pasado.

“Vengo a Colombia siguiendo la huella de mis predecesores el beato Paulo VI y san Juan Pablo II y, como ellos, me mueve el deseo de compartir con mis hermanos colombianos el don de la fe, que tan fuertemente arraigó en estas tierras, y la esperanza que palpita en el corazón de todos. Sólo así, con fe y esperanza, se pueden superar las numerosas dificultades del camino y construir un país que sea patria y casa común para todos los colombianos”. Estas palabras dirigidas a las autoridades y representantes de la autoridad civil en su primera intervención, señalan sin duda el propósito fundamental de su visita. En efecto, el paso de los dos anteriores pontífices por Francisco señalados, – ya en los altares-  significaron también una preciosa siembra de un Evangelio entregado casi en forma de súplica y recomendación a los colombianos, para superar la violencia, construir la paz, buscar la reconciliación, trabajar por la dignidad de todos especialmente de los más pobres. Recomendaciones, diríamos las mismas, sólo que en diferentes momentos y con diversos lenguajes.

Mensajes por tanto, de hace 50, 32 y un año respectivamente: en qué tierra han caído, pensando en la parábola del sembrador y la semilla?  Porque a veces pareciera que la mayor parte de ella, hubiese caído en el camino, o entre las piedras o ahogado el primer retoño entre las cardos y espinas por los interminables y recurrentes resultados de violencia, conflictos que se pensaban superados o que generan nuevos escenarios de  odios y venganzas e inequidades. También, sin duda, una parte ha caído en tierra buena, de pronto imperceptible, que ha permitido arraigar la fe y la esperanza en espera de mejores frutos.

Esta percepción que pudiera parecer pesimista, pero que como lo dijéramos, se pudiera verificar por los “síntomas” o  “indicadores”, como por ejemplo los citados en un reportaje del periódico “El Tiempo” del 30 de agosto último, con el politólogo italiano Alberto Brunori, representante para Colombia del Alto Comisionado de la ONU para los derechos humanos: “Solicitar mejores maestros, reclamar por la tierra robada, buscar a una vecina desaparecida, denunciar la contaminación de los ríos, protestar por los crímenes sin castigo, cantar rap son algunas de las causas por las que han sido asesinadas más de 300 personas en los dos últimos años. Una escalada criminal, que arreció el pasado mes de julio y ahora vuelve otra vez en ocho departamentos, concentra el 70 por ciento de las víctimas”. Que pudiéramos pensar de todo esto?.

Pero resulta triste además ver, como lo describe el reporte en mención, que nos hemos convertido en un laboratorio para entidades internacionales que se ocupan de estas materias: “Por un historial en donde crímenes, desapariciones, torturas, chuzadas, seguimientos, robos de información y demás violaciones a los derechos humanos, son cotidianos, fue que se abrió una oficina del Alto Comisionado, y Colombia se ha convertido en las últimas décadas, en una escuela para los organismos internacionales de derechos humanos…”. Sin comentarios… para meditar.

Sembrar fe, esperanza y reconciliación, será tarea permanente, sin descanso, hasta que Colombia se transforme, por el contrario, en escenario seguro y escuela de paz para América y el mundo. Gracias papa Francisco por enseñarnos a dar el primer paso.

  • Ismael Rueda Sierra
    Arzobispo de Bucaramanga